sábado, 28 de abril de 2012

Ser presbítero eudista hoy


De entrada pido perdon a mis lectores por este texto tan largo y tan autobiográfico... Pero puede que a alguien le interese y le sirva. Por eso lo publico.




“No merece la pena recordar ese pasado que no puede hacerse presente” (Kierkegaard)

Soy un hombre caribe. Ante todo un ser humano que siempre ha anhelado ser profundamente humano; convencido de que, por encima de cualquier otra cosa y antes de todo, de lo que se trata es de ser humano, de tratar al otro como persona, de reconocer la variedad y la diversidad de lo humano, de defender lo humano y de no permitir que nada (ni la norma, ni la ley, ni lo institucional) valga más que una persona, sobre todo si es una persona que sufre. Y a lo largo de mi vida he comprendido lo difícil que es ser profundamente humano; lo fácil que es olvidar o despreciar lo humano, en aras de supuestos ideales o principios, incluso religiosos. Valoro todo lo que me acerca a lo humano: la filosofía, la literatura, el cine, la música, la fiesta, las relaciones, las redes sociales… todo ello hace parte importante de mi vida.

Tengo que reconocer que aunque recibí mi primera educación, como tantos otros, en medio de un ambiente religioso católico (primaria en colegio de religiosos, misa dominical, etc.) lo espiritual no fue significativo en mis primeros quince años. Creo que no viví realmente una experiencia espiritual hasta que tuve la gracia de hallarme, durante mi adolescencia, en el barrio Minuto de Dios en Bogotá y pude conocer y recibir la inmerecida influencia de aquel a quien considero mi verdadero padre espiritual, el P. Rafael García-Herreros. De él y del ambiente de esa original comunidad social y cristiana que era el Minuto de Dios a finales de los sesenta y comienzos de los setenta, aprendí lo que significaba intentar ser siempre y en todo momento un discípulo de Jesús. El P. Rafael me mostró el valor de lo espiritual, pero de un modo profundamente humano; me enseñó a soñar con ser mejor, pero sin lamentarme ni mucho menos castigarme, por no lograrlo como lo esperaba; pero sobre todo, me enseñó que amar y seguir a Jesucristo nunca podía separarse de amar y acompañar al hermano, sobre todo al otro, al diferente, al rechazado o excluido. Tuve la oportunidad, como adolescente, de participar en los inicios de la experiencia de renovación espiritual que se gestaba alrededor de lo que después se llamaría Renovación carismática católica, de asistir a retiros y misiones, de conocer algunos sacerdotes eudistas y de empezar a pensar la posibilidad de concretar mi naciente experiencia de discipulado a través de dicho ministerio. Pero sobre todo, aprendí del P. Rafael que esa experiencia de discipulado era algo personal, concreto, que implicaba toda mi vida y que no consistía solamente en cumplir algunas normas o ritos, o en participar de determinadas estructuras o instituciones y que, incluso, esto era secundario y estaba al servicio de mi crecimiento espiritual y no al contrario. Siempre admiré el pragmatismo y el eclecticismo ideológico del P. Rafael, que convivían con una experiencia espiritual profunda, muy poética y profundamente humana; creo que logré asumir algo de eso. Ello, lógicamente,  coincidía plenamente con mi naciente personalidad que, a partir de mis orígenes, se iba configurando de un modo bastante particular e independiente.

Al terminar mis estudios de bachillerato en el Colegio Minuto de Dios, ya bastante persuadido de la importancia que tendría en mi vida lo intelectual, decidí, bajo la influencia del P. Rafael y del ambiente de la obra Minuto de Dios, ingresar al seminario Valmaría de los Padres Eudistas para ser, si eso era mi gracia o mi destino, presbítero eudista. Siempre que me preguntan por los orígenes de mi vocación o por el proceso vocacional que realicé he tenido que contestar que fue algo misterioso… realmente aún no sé porque tome esa decisión, más allá de lo que ya he dicho hasta aquí.  Solo sé que se inició una nueva etapa en mi vida, bastante accidentada, pero de la que no me arrepiento en absoluto, pues consistía en formarme para llegar a ser testigo de una experiencia personal vivida en comunidad. Logré incrementar mis conocimientos y prácticas, conocí y me entusiasme apasionadamente por la filosofía (lo que hasta el día de hoy impregna mi vida), empecé mis experiencias como formador y docente (lo que aún hoy sigo haciendo y me genera muchas satisfacciones), conocí la profundidad del patrimonio espiritual eudista (que supe integrar en mi experiencia profundamente humana de lo espiritual), me encontré y me dejé influenciar por diversos eudistas que me marcaron con la sencillez y originalidad de sus vidas y quehaceres, me desilusioné de muchas personas y realidades de mi experiencia formativa… y de algún modo, comprendí y construí de modo personal, que ser presbítero es simplemente servir, sin esperar reconocimientos; es simplemente amar, así tu humanidad no te permita amar de otro modo que aquel que es profundamente humano y por eso a veces egoísta. Y comprendí y logré empezar a vivir que ser eudista es ser, hagas lo que hagas y estés donde estés, un formador-evangelizador. Y eso he intentado ser siempre. Al principio sólo con jóvenes que aspiraban a ser presbíteros, hoy con jóvenes que aspiran a ser simplemente personas felices y realizadas.
En realidad no sé si soy un buen pastor formador-evangelizador; incluso no sé si es posible ser “buen formador-evangelizador”. Sólo sé que me he esforzado por ser auténtico, por no ir en contra de mis convicciones; y que lo que he trasmitido a otros era parte de mí ser. He constatado y he entendido por qué algunos me consideran más bien peligroso como formador; y cuando he debido retirarme, lo he hecho sin dificultad. Nunca he perseguido poderes ni cargos, y sin embargo ellos han llegado en diversas oportunidades; he tratado de cumplir y de aportar desde lo que consideré en ese momento la verdad; y no tengo palabras para agradecer todo lo que esas oportunidades que la vida y la misericordia de Dios me ofrecieron, me han aportado. Nunca me han preocupado las críticas o comentarios, a veces malintencionados; sé que siempre seremos aceptados y queridos por algunos, y rechazados y envidiados por otros. Pero de lo que sí puedo dar fe es que todo lo que he hecho lo he realizado plenamente convencido de que esa era mi misión, de que esa era la mejor forma de hacerlo en ese momento y de que yo no tenía por qué juzgar ni condenar actitudes, experiencias o creencias de los demás, por injustas o equivocadas que me parecieran. Tengo que decirlo… se trató y se trata de una lucha permanente por ser misericordioso, por encarnar la actitud y la mirada del Buen Pastor: “Aprendan de mí que soy sencillo y humilde de corazón y encontrarán descanso para sus vidas” (Mt 11, 29).

En todo ese recorrido académico y pastoral tuve la gracia de encontrarme con un concepto que se ha vuelto parte de mi quehacer cotidiano: la praxeología. Desde la filosofía, las ciencias sociales y la pedagogía, he podido contribuir a la construcción colectiva de un modelo educativo alternativo que poco a poco en UNIMINUTO (donde trabajo hace ya casi 20 años) y en otros lugares se está intentando implementar. En dicho modelo se concretan muchas de mis convicciones, de mis sueños y de mis experiencias: entender la formación y la educación como un proceso dialéctico de socialización y autonomización (o liberación) de las personas y comunidades; darle la importancia que corresponde al deseo y a la pasión, así como a  la libertad responsable y a la autonomía, en el proceso formativo de enseñanza y aprendizaje; y sobre todo, esforzarse por volver a darle a la experiencia y a la práctica concreta de cada sujeto el lugar fundamental que tienen en los aprendizajes, mediadas por ese proceso reflexivo y crítico que hemos llamado la pedagogía praxeológica. De todo ello he escrito mucho y he hablado otro tanto; creo que eso hace parte de la tarea que se me encomendó; y a pesar de las dificultades, incomprensiones y sonrisas maliciosas que ello ha podido suscitar, seguiré siendo fiel a dicha misión, desde mis propias opciones y convicciones.

Una de ellas corresponde a lo que he entendido -y tratado de vivir- sobre lo que significa ser un presbítero desde la óptica de Juan Eudes, que hasta aquí he presentado autobiográficamente, y que ahora intentaré conceptualizar: es un ser humano (persona), profundamente humano, que se vuelve discípulo (cristiano) permanente del único Maestro y se configura como testigo (en este caso como presbítero, pero igualmente podría ser como “laico comprometido”) para los demás, hasta llegar a ser un auténtico pastor según el corazón de Dios (en este caso como eudista formador – evangelizador, pero también podría ser según cualquiera otra de las múltiples y diversas formas de ejercer el apostolado). Para mi es claro que estas cuatro dimensiones no hay que entenderlas (aún cuando metodológicamente se presenten así) como cuatro fases sucesivas de un proceso lineal; se trata de un proceso en espiral que tiene un principio claro (la formación de la persona como un ser profundamente humano) y una finalidad evidente (el llegar a ser un “pastor según el corazón de Dios”) pero en el cual las cuatro dimensiones (y sobre todo las dos “intermedias”: discípulo y testigo) se superponen permanentemente: no dejo de ser humano para ser discípulo, o mejor no puedo esperar a ser completamente humano (lo cual de por sí es imposible) para comenzar a ser discípulo; o no puedo quedarme siempre como discípulo (aunque de hecho siempre seré discípulo) sin empezar a ser testigo de lo que estoy viviendo y experimentando, ni mucho menos pensar que sólo puedo empezar a ser eudista cuando ya haya llegado a ser presbítero. Veamos pues este proceso formativo permanente.
1.    Un ser profundamente humano, con sus fortalezas y debilidades (O.C. II: 73ss), que quiere continuar y completar en sí mismo la vida de Jesús (O.C. I: 161-167; Const.3), sabiendo que ello es obra del Espíritu (O.C. I: 505).

Soy consciente que, si bien este proceso de formación humana es obra del Espíritu, es también responsabilidad personal: se trata de participar en un proceso que pretende  lograr la madurez de la persona, como base de todo lo que sigue. Y esta se consigue en la medida en que cada uno adquiere tres dimensiones (que podríamos llamar competencias) claves y profundamente evangélicas: el sentido de la identidad personal, el sentido de pertenencia (la intimidad) y el sentido de misión (la generatividad). Eso es continuar y completar la vida humana de Jesús.
La primera, el sentido de identidad personal, es el primer factor de la madurez humana: sé quién soy y me acepto tal como soy; comprendo claramente mis limitaciones (y me esfuerzo por superarlas) y mis fortalezas (y me preocupo por potenciarlas); conozco y asumo mi historia y mi contexto; y sobre todo, amo lo que soy. Por eso, el proceso de la construcción personal, que es plenamente evangélico (Mc 12,28-34)  pueden sintetizarse así: a) La meta última: amar a Dios con todo (el corazón, la mente, las fuerzas), b) El camino para lograrlo: amando al otro (Cf 1Jn 4,20) y c) La base o el fundamento: ¡amarse  uno mismo!

El segundo factor de la madurez humana: si la autoestima es la respuesta positiva a la pregunta ¿Quién soy yo?, viene ahora el sentido de intimidad personal, que responde a la pregunta: ¿con quién estoy? y se caracteriza, en la práctica, por la capacidad de recibir y dar afecto. “Sobre todo, tened entre vosotros un ferviente amor, porque el amor cubre una multitud de faltas” (1 Pedro 4,8). El afecto es, sencillamente, el único generador de vida y por eso necesita circular, actuar y expresarse. Y se expresa en el gusto con el que hacemos las cosas, la alegría que mostramos en el compartir y la dedicación que ponemos en el servicio, la energía con que asumimos un compromiso, los detalles con que mostramos nuestro agradecimiento, la solidaridad en las diversas situaciones de los demás, el afecto y la comprensión en las relaciones (sobre todo con aquellos que no son ni piensan como nosotros), el amor expresado concretamente en mi relación con el otro. El afecto requiere de palabras, gestos, acciones, actitudes... precisa de vida, y la vida es creativa;  por eso se aprende ejercitándolo y superando prejuicios y rigideces.

Y el tercer factor de madurez humana es la generatividad: quien ha encontrado su propia identidad (¿Quién soy yo?) y ha desarrollado su actitud de reciprocidad (¿Con quién estoy?), se convierte en una persona capaz de generar vida (¿Para qué estoy yo?). La generatividad tiene mucho de productividad o creatividad, pero es más que eso: es comunicar vida propia y personal en todo lo que se hace. Está presente en la persona que quiere trascenderse a sí misma y dejar huellas en la historia, sea procreando un hijo, o creando algo propio, dándole un toque personal a su quehacer: vida que se comparte y se reparte. Lo contrario es la experiencia de esterilidad, estancamiento o ruina personal: la persona se encierra en un egoísmo que mata sus ilusiones y seca su corazón. Y la generatividad exige esfuerzo, lucha, sacrificio: morir a sí mismo para ofrecer vida (Jn 12,24-28).

Pienso que sólo si logramos decir: “Estoy encantado de haberme conocido”, podemos considerar que hemos avanzado en madurez y esto es algo procesual. En últimas se trata de “Establecer en nuestros corazones el gran propósito de llevar interior y exteriormente una vida irreprochable (1 Tim 3,2). Nuestra vida debe ser un evangelio viviente, una predicación continua y una regla perfecta de vida y costumbre para aquellos mismos que nos toca conducir” (SJE Memorial de la vida eclesiástica, 1). Y lo haremos como personas maduras que son, al mismo tiempo, discípulos comprometidos del único Maestro.

2.    Un discípulo permanente que no quiere tener otro espíritu que el espíritu de su maestro Jesús (O.C. IX: 321-325; Const.5), caminando siempre hacia la santidad (I Ts. 4,3; Const.6), su única obligación (O.C. VI: 387), en una escuela (comunidad eclesial) que se hace visible de múltiples formas.

Hay un texto programático en el evangelio de Marcos donde se explica clara y sencillamente lo que significa seguir a Jesús en una experiencia de discipulado (Mc 3,14): “Constituyó doce para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar con poder de expulsar demonios”. Es decir, el seguir a Jesús como discípulo supone:

o   Un “estar con Él”: Se trata de una experiencia vital, de una presencia física, una caminar permanente junto a Jesús, lo que es mucho más que una adhesión intelectual. Tan importante y, más aún marcante, fue esta experiencia que en Mc 14,67, en el momento de la negación de Pedro, encontramos una oposición entre la afirmación de la empleada del sumo sacerdote (“¡Tú estabas con él!”) y la afirmación de Pedro (“Ni sé ni entiendo lo que dices”). Mientras ella le reafirma su propia identidad de discípulo, Pedro, pleno de temor y desilusión, la rechaza categóricamente.

o   Un “ser enviados” a predicar y a sanar, pero con esa autoridad y poder que proceden de Él y no de nosotros mismos. Es la misión de Jesús que Él comparte con nosotros con amor de Maestro y Pastor. Misión inseparable del discipulado, misión que compromete la vida misma del seguidor de Jesús al servicio del Evangelio, de la Misericordia y del Reino.

Estas dos realidades del discipulado están íntimamente unidas entre sí. El contacto íntimo con Jesús (que en realidad significa, aunque suene hasta herético, que no se trata tanto de creer en Él como de sentirlo a Él) está estrechamente unido a la misión que les va a confiar de anunciar, como testigos, el Evangelio. Por eso, no basta que el discípulo conozca externamente al Maestro, es necesario que esté con Él, que viva con Él, que Él pueda iniciarlo progresivamente  en los misterios del Reino y enviarlo al mundo y al ambiente en que vive. Juan Eudes, como tantos otros, lo entendió y lo vivió plenamente. Y es lo que nos propone a todos al insistirnos permanentemente que tenemos que dejar que Jesús viva y reine en nosotros, y que nuestra misión no es otra que hacer que Jesús viva y reine en los demás. Y como buen discípulo de Jesús, Juan Eudes entendió que este proceso de discipulado conjuga, praxeológicamente, la teoría y la praxis.

Como el seguimiento y la coexistencia de los discípulos con el maestro es algo continuo y permanente, Jesús integró la teoría y la praxis, el comentario y la acción, la oración y la vida, en los diversos momentos del quehacer apostólico. Con su propia vida de misionero itinerante del Reino, con su Palabra eficaz, pertinente y valiente, y con sus acciones de misericordia y poder, Jesús iba formando a sus discípulos en la misión que el Padre le había encomendado. A su vez, mediante el acompañamiento permanente al Maestro, con la escucha atenta de su mensaje y la experiencia inmediata de sus acciones, con los pequeños ejercicios que Él les encomienda hacer, los discípulos van aprendiendo en la vida misma de su Maestro.
El objetivo final del discipulado es “llegar a ser  como Jesús”, es decir, vivir y transmitir sus criterios de vida, sus actitudes hacia el Padre y hacia el prójimo, su comprensión de la dinámica salvífica de la historia y los comportamientos y acciones propios de su programa. Somos discípulos porque hemos ingresado a la Escuela de Jesús, mantenemos con El una relación íntima y especial, y somos los primeros receptores de la revelación del Plan del Padre, a través de Jesús. Y ello implica un compromiso existencial: dar lo que estamos recibiendo, comprometernos con la construcción de dicho plan salvífico.

3.    Un testigo que busca hacer vivir y reinar a Jesús cada día más (O.C. IX: 145) mediante su entrega y su quehacer apostólico, colaborando “en la obra de la evangelización y en la formación de buenos obreros del Evangelio” (Const. 10).

La formación que el discípulo va recibiendo es preciso compartirla en una actividad apostólica concreta que siempre está al servicio del otro, como individuo o como pueblo: el discípulo se va convirtiendo en testigo, en apóstol. En Marcos 6,7-13  encontramos un primer envío oficial de los discípulos a la misión apostólica; pero luego habrá envíos sucesivos (cfr. Mc 6,45; 9,14ss; 9,38-40; 11,1-2) que nos permiten comprender cómo la táctica formativa de Jesús es ir integrando los períodos de instrucción (podríamos llamarlos la “teoría”) con los momentos de acción y de compromiso (la praxis), que luego serán evaluados. Criterio de acción praxeológica fundamental para nosotros en el quehacer pedagógico de la formación para el ministerio.

Así el proceso formativo, como proceso praxeológico en espiral, comprende: instrucción (teoría), misión (praxis) y evaluación (prospectiva). En Marcos encontramos varios momentos de evaluación: 6,30-32 (después del primer envío); 9,28-29 (cuando no pudieron curar al niño epiléptico) y 9,38-40 (cuando se evalúa una misión acabada de realizar y surge una dificultad sobre la participación de otros que no pertenecen al grupo). La evaluación cristiana, según Marcos 6,30-32, es un encuentro de discípulos y enviados, con Jesús, para compartir con Él y poner en común (socializar decimos hoy) la palabra predicada y la acción realizada. Y si le preguntamos a Lucas 10,17ss acerca del contenido de la evaluación, podemos deducir algunos elementos bastante significativos, que nos recuerdan que todo este proceso formativo se hace y se vive en comunidad con el Maestro y los compañeros: a) La puesta en común del resultado de la misión, b) el asumir serenamente (estoicamente diría yo) lo sucedido, c) el deducir elementos formativos a partir de la experiencia y los hechos (aprendizaje significativo), d) la acción de gracias, sea cual sea el resultado, y e) el estímulo y la animación hacia el futuro para seguir firmes en la misión recibida.

Y no podemos olvidar que los apóstoles (discípulos testigos), después de la Pascua de Jesús y de haber reaccionado como lo que eran en su esencia (profundamente humanos y por eso, temerosos y desilusionados, pero aún esperanzados), tienen la oportunidad de vivir lo aprendido en la escuela de Jesús. Y por eso, entre muchas otras acciones, se convierten también en formadores de discípulos y de obreros del Evangelio: reemplazan a Judas, eligen a los siete de Jerusalén, integran a Pablo y llegan a Antioquía y muchos otros lugares, formando comunidades.

Pastore Dabo Vobis 72 expresa, para el presbítero de hoy, una bella síntesis que integra ese ser profundamente humano que, como discípulo y apóstol, se va configurando como pastor según el corazón misericordioso del Señor: “En el trato con los hombres y en la vida de cada día, el sacerdote debe acrecentar y profundizar aquella sensibilidad humana que le permite comprender las necesidades y acoger los ruegos, intuir las preguntas no expresadas, compartir las esperanzas y expectativas, las alegrías y los trabajos de la vida ordinaria; ser capaz de encontrar a todos y dialogar con todos. Sobre todo, conociendo y compartiendo, es decir, haciendo propia la experiencia humana del dolor en sus múltiples manifestaciones, desde la indigencia a la enfermedad, de la marginación a la ignorancia, a la soledad, a las pobrezas materiales y morales, el sacerdote enriquece su propia humanidad y la hace más auténtica y transparente, en un creciente y apasionado amor al hombre

4.    Un pastor que, como Juan Eudes, lleva en su corazón “las angustias y las necesidades de sus hermanos y hermanas” (Const. 14), que se apropia “la mirada de Jesús y su actitud misericordiosa” (Const.26) y acepta “ser la voz de los que no tienen voz” (Const.25) para llegar a ser un pastor “según el corazón de Dios” (O.C. IX: 587).

Juan Eudes es contundente cuando dice que un buen pastor “es un evangelista y un apóstol. Su principal tarea es anunciar incesantemente, en público y en privado, con obras y con palabras, el Evangelio de Jesucristo y continuar en la tierra las funciones, la vida y las virtudes de los apóstolesA imitación de Jesús emplea su espíritu, su corazón, sus afectos, su fuerza, su tiempo, sus bienes y hasta su sangre y su vida por la salvación de los que Dios le ha confiado… Finalmente, un tal pastor y un tal sacerdote es un apóstol en celo, en trabajo y en santidad; una imagen viva de Jesucristo en este mundo: de Jesucristo que vela, ora, catequiza, trabaja, suda, llora, que recorre aldeas y ciudades, que sufre, agoniza, muere y se sacrifica por la salvación de los hombres creados a su imagen y semejanza” (SJE, Memorial de la vida eclesiástica).

Nuestras Constituciones enumeran los diferentes dispositivos (los llamamos obras) con los que la CJM realiza su misión. Habitualmente los sintetizamos en dos campos: “Los Ejercicios de las Misiones” y los “Ejercicios de los Seminarios” (Const.10, 23, 30). Ser eudista es, por eso, ser un evangelizador-formador que responde pertinentemente a las necesidades de la Iglesia y del mundo en cada época y lugar, y por eso, siempre reconfigura la forma de realizar su misión. Así podemos preguntarnos: 

·         ¿Estamos dispuestos a colaborar en el servicio misionero de evangelización y en la formación de los discípulos misioneros abriendo con audacia nuevos caminos? 

·         De acuerdo a los grandes ámbitos, prioridades y tareas para la misión de los discípulos de Jesucristo que nos presenta Aparecida, ¿cuáles van a ser los nuevos aportes  que podemos dar como eudistas en la obra de la evangelización en América Latina? 

·         Y en la formación de los discípulos misioneros ¿cuáles podrían ser las nuevas modalidades que ofreceremos como eudistas, con creatividad y audacia, a la Iglesia hoy?

Es un hecho que todo esto es un proceso que dura toda la vida; no se limita sólo a la llamada etapa de formación inicial ni a la probación. Y es un proceso del que cada uno es, en últimas, el único responsable: “No se puede olvidar que el mismo candidato al sacerdocio debe ser protagonista necesario e insustituible de la formación (...) Ninguno, en efecto, puede sustituirnos en la libertad responsable que tenemos como personas.” (PDV, 69). En nuestras manos está el ser profundamente humanos, fervientes discípulos, auténticos testigos y bellos pastores.

Quiero terminar con unas palabras de Benedicto XVI en la audiencia del 19 de agosto de 2009, refiriéndose a Juan Eudes: “El camino de santidad que recorrió y propuso a sus discípulos tenía como fundamento una sólida confianza en el amor que Dios reveló a la humanidad en el Corazón sacerdotal de Cristo y en el Corazón maternal de María. En aquel tiempo de crueldad, de pérdida de interioridad, se dirigió al corazón para comunicar al corazón una palabra de los Salmos muy bien interpretada por san Agustín. Quería hacer volver a las personas, a los hombres, y sobre todo a los futuros sacerdotes, al corazón, mostrando el Corazón sacerdotal de Cristo y el Corazón maternal de María. Todo sacerdote debe ser testigo y apóstol de este amor del Corazón de Cristo y de María. También hoy se experimenta la necesidad de que los sacerdotes den testimonio de la misericordia infinita de Dios con una vida totalmente "conquistada" por Cristo, y aprendan esto desde los años de su formación en los seminarios. El Papa Juan Pablo II, después del Sínodo de 1990, publicó la exhortación apostólica Pastores dabo vobis, en la que retoma y actualiza las normas del concilio de Trento y subraya sobre todo la necesaria continuidad entre el momento inicial y el permanente de la formación; para él, como para nosotros, es un verdadero punto de partida para una auténtica reforma de la vida y del apostolado de los sacerdotes, e igualmente es el punto fundamental para que la "nueva evangelización" no sea sólo un eslogan atractivo, sino que se traduzca en realidad”.